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Transformación de una chacra en bodega vitivinícola en Patagonia

La familia Rastrilla ha convertido una antigua chacra de lúpulo en la Bodega Aonikenk, especializándose en la producción de vino en el Alto Valle. Con 8 hectáreas de viñedos, producen anualmente 40.000 litros. Sus vinos, bajo la marca Pincén, ya llegan a Brasil y a diferentes regiones del país.

Por Mara Diaz3 min de lectura
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Transformación de una chacra en bodega vitivinícola en Patagonia

En el Alto Valle, un proyecto familiar iniciado por la familia Rastrilla ha resultado en la conversión de una chacra del norte de la Patagonia, donde antes se cultivaba lúpulo, en la Bodega Aonikenk. Desde el año 2000, la familia ha estado trabajando en la vitivinicultura, plantando 8 hectáreas de viñedos que actualmente producen unos 40.000 litros de vino cada año.

Domingo Rastrilla, ingeniero en petróleo, junto a sus hijos Gaspar y Catriel, comenzó a desarrollar este emprendimiento que, tras más de 25 años de trabajo, ha alcanzado una capacidad de 53.000 botellas. Catriel Rastrilla, quien lidera el proceso de producción, resalta las condiciones propicias del Alto Valle: el clima favorable y los vientos que previenen la humedad son esenciales para la salud de las vides.

La bodega, que actualmente comercializa sus vinos bajo la marca Pincén, tiene planes de seguir creciendo. En el futuro, se espera la incorporación de una nueva línea llamada Akantek para vinos blancos y rosados. La marca Aonikenk se reservará para su línea premium, fortaleciendo así su identidad en el competitivo mercado vitivinícola.

La transformación del cultivo comenzó en 2000 cuando la familia adquirió la chacra, previamente perteneciente a Quilmes. A partir de 2001, comenzaron a plantar las vides, aunque el camino hacia la producción de calidad requeriría paciencia y tiempo. Durante los primeros cuatro años, se dedicaron a entender el comportamiento del viñedo y mejorarlo antes de comercializar la uva.

Un aspecto destacado de su producción es la calidad del suelo y el acceso al agua, que permite una producción de uvas con características especiales. Gracias a estas condiciones, Bodega Aonikenk se ha posicionado favorablemente en el mercado, extendiendo su alcance más allá de las fronteras argentinas y logrando llegar hasta Brasil. Esta evolución subraya la creciente importancia de la vitivinicultura en la Patagonia, un fenómeno que atrae tanto a productores como a consumidores.

A medida que la familia Rastrilla continúa expandiendo su oferta, su enfoque se mantiene en las características únicas del terroir patagónico, lo que les permite desarrollar vinos que no solo destacan en el mercado local, sino que también se posicionan internacionalmente. Con la mirada puesta en el futuro, buscan seguir reafirmando su compromiso con la vitivinicultura familiar y de calidad en la región.

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